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Por: Fabian Martínez *
Serían las tres de la tarde. El empedrado de las calles hervía, hacía un calor detenido, inaguantable, uno de esos bochornos que funden la greda y derriten las lagartijas.
Bajé del colectivo y antes de caminar las dos cuadras que faltaban para llegar a casa, decidí ponerme a salvo de las llamas invisibles del sol que ya quemaban. Resolví hacerlo bajo el techo de una sala de velación situada en una de las esquinas más cercanas. Allí la encontré, brillante, sudorosa, salía de la funeraria que yo buscaba. Permanecimos mirándonos, frente al marco de la puerta en dónde los muertos son alistados para su último banquete. |
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Dudé por más de 20 segundos sin hallar nada que decir, Juana que ya acusaba con sus grandes ojos verdes al pesado mutismo, preguntó:
- ¿tienes moñito?.
- moñito, por supuesto, ¿quieres fumar conmigo?- respondí.
- sí claro, pero aquí me da cagada, vamos a otro lado...
adelantándome a cualquier palabra más, manifesté imperativo: ¡vamos al solar de rosas!
Ella asintió. Caminamos a través de las ventanas y los muros blancos adornados por plantas colgantes o por aves que hace rato vivían dentro de jaulas de colores. No dijimos ninguna palabra hasta llegar al portón rojo que daba la bienvenida al trabadero más exclusivo del barrio.
El silencio ya no era incómodo ; al contrario, se había convertido en un aliado, un aliado de sueños. Imaginé entonces que después del joint, Juana me enseñaría el tatuaje que habitaba en su cóccix y sin mediar palabra, yo le arrancaría el hilo con mis dientes y acostándonos sobre la piedra lisa, haríamos el amor toda la tarde. Pegué un Bob Marley.
-Es un porro gigante- le dije en son de broma.
-Es un tyranoporro- respondió, indicando el tamaño del titán con sus dedos sobre la muñeca de la mano izquierda.
Era de esos porros que dilatan los segundos, uno de esos alcahuetas de humo que permiten llevar a cabo las ensoñaciones sin ningún problema. Lo encendí y alrededor de quince minutos pasaron para que el tiempo empezara a detenerse, aproveché aquellos instantes para recorrer la fisonomía de Juana con mis ojos, desde sus pies atados al fique, travesando sus rodillas gastadas, posándome sobre sus muslos café dorado, para luego esconderme detrás de su vestido de flores y mariposas. Mariposas que abrían sus alas en el centro de su pecho, mariposas sedientas que resbalaban por entre sus vellos hasta desembocar en su humedad más sublime.
Sus labios henchidos por la sangre, se confundían con sus cabellos enmarañados alborotados por el viento. Acabamos de fumarnos el cigarro verde y ya Juana me había contado que tenía novia; se llamaba Rebeca y hacía maravillas con los helados de crema, me contó también que se había cansado de la indecisión de los hombres, que un día sí, que al otro no, en fin que se había mamado de esa inconstancia que en Rebeca yacía ausente. Entonces, una luz brilló en mi cerebro; se me ocurrió una pregunta que revestí con miradas intencionalmente predadoras
- ¿y qué con el sexo, no extrañas la aguda penetración de la piel?, pregunté.
Juana con tono irónico musitó: Nada que hacer para alguien con los deseos vencidos.
Recostó su torso sobre sus brazos y echando las manos hacia atrás de sus nalgas, levemente abrió sus piernas, desnudando sus piernas por completo y dejando las flores de algodón apretándola hacía dentro. La miré y sus pupilas me invitaban a seguir. Salté hacía ella tomándole el cuello con mis labios y apretando su espalda contra mí, dejamos que una ternura salvaje se posesionara de nuestros cuerpos, para abandonarnos con delicada lujuria por el resto de la tarde sobre la piedra lisa del solar. El viento sopló fuerte esa tarde, el aroma a sudor se confundió con el perfume de las rosas que cerraban sus pétalos al caer la tarde.
Juana se levantó y empezó a vestirse con afán apurado, yo continuaba absorto contemplando su figura abandonada al purpúreo color del cielo.
- ¿Por qué te vas? Quédate otro rato
- Lo siento pero debo irme, no me busques, ni me llames- y terminó de amarrar sus sandalias con inexplicable afán.
Miré a su rostro y noté que algo brillaba en él, incorporándome la tomé por los brazos, besé sus mejillas mojadas y extrañamente heladas, susurrando a sus lágrimas pregunté: ¿Qué es lo que te hace sufrir?
Me apartó con sus manos y mirándome a los ojos, suspiro: Lo mismo que te hará sufrir a ti, el amor y la muerte son tan implacables muñeco, que ni Dios mismo los puede remediar. Estampándome un beso me regaló un triste adiós.
Sólo con mi desnudez, la vi perderse por entre el portón oscurecido por la noche. Me vestí con su fragancia que todavía se reventaba contra mi sangre. Finalmente, la pensadera me atacó: “Será que fui muy brusco o muy pasivo, esa tristeza súbita que la envolvió, la sorprendente palidez de su piel, sus mejillas casi congeladas ¿ qué le pasó a Juana?” Resolví pues, decirme que esas cosas eran de mujeres y por más vueltas que le diera no conseguiría adentrarme en sus pensamientos. Era torpe además arruinar la placidez de los sentidos por meros caprichos mentales, así que salí de aquel lugar, cobijado por un cielo de estrellas que brillaban más a cada vez que respiraba.
Sentía un alivio omnipotente, me concebía un ser fuerte, un hombre vivo que disfruta de ese estremecimiento de libertad que te une con el misterio, esa sensación que ni mil hojas plagadas de letras podrían describir. Encendí un cigarro, el humo denso me acompañaba cuando en una de las callejuelas trece chicharras estallaban sus cantos. Cautivado por sus sonidos me senté sobre un andén y al cabo de unos segundos me topé con algunos vecinos que caminaban hacía el pudridero, cargando un féretro blanco y arrastrando un pesar inmenso que camuflaban en sus trajes enlutados. Un sopor helado de sacramento me inmovilizó: sobre las paredes se leían unos sufragios que evité leer, levantando la cabeza bruscamente justo en el tejado estaba Juana acompañada de una lúgubre mujer ; me miraban y sonreían mientras el viento las desvanecía.
Un grito me hizo volver, era Rebeca que maldecía al cielo, exigía con dolor la presencia de su amada. El cortejo se detuvo. Me acerqué, corrí la tapa y al ver a Juana, una espada de hueso atravesó mi garganta.
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