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Leonardo Carreño, Cuadro a Cuadro

 
 

Por: Ricardo Abdahallah *

 
A las siete de la noche del 5 de Agosto, Leonardo Carreño baja corriendo las escaleras de la UNAB. Acaba de asistir al estreno de “Cuando Dios tiene los ojos verdes”, su sexto cortometraje, y en minutos se inaugurará “32 desnudos con jaula en la cabeza”, su tercera exposición fotográfica. Con venticinco años recién cumplidos y llevando casi siempre un sombrero negro que le regaló, según él, “ un hombre que se parecía mucho al diablo” Carreño no es sólo el único director de cine realmente activo en Bucaramanga, sino que ha sido reconocido como uno de los pocos fotógrafos con voz propia en la ciudad.

Leonardo llega a la exposición de afán pero a tiempo. La gente mira las fotografías y trata de identificar entre los invitados a los “modelos” que posaron en dos secuencias, una de ellas una serie que da la impresión de movimiento y la otra la recreación de dos obras que representan los cánones de belleza renacentistas : el David de Miguel Ángel y la Venus de Boticelli. Carreño está preocupado porque todo marche y contesta un poco de afán a las preguntas de los medios. Tres días después, tomándose un café, habla con más calma.
“Mi intención” dice “fue recrear obras clásicas para mostrar que el trabajo no depende del modelo sino del artista. Con la iluminación adecuada y la posición correcta, cualquier cuerpo puede lucir hermoso”. Carreño tiene razón, los modelos son sus amigos “la gente que se me empelotaría sin problema” dice, hombres y mujeres comunes y corrientes que sin embargo en sus fotografías lucen tan atléticos como cualquier obra clásica “es una especie de engaño” insiste Carreño “nadie en ninguna época podría tener las proporciones ideales propuestas en el David. Pero al tipo, seguramente un tipo normal, le alargaron las piernas y le agrandaron la cabeza. Si sus conocidos lo vieran también dirían lo que se dijo en la exposición ‘usted se ve mejor sin ropa'”.
Y es que a Carreño, nacido en Bogotá y actualmente estudiante de Producción Audiovisual en la UNAB , parecieran gustarle los desnudos. Después de un breve paso por la fotografía documental, en el 2002 sorprendió con “Desprendimiento”, su primera exposición individual, donde mostraba las imágenes fragmentadas de una mujer desnuda atada a una escalera en un gesto de fuerte dolor físico, como si fuera torturada o se estuviera torturando así misma. Su siguiente exposición, “Retratos Abzurdistas”, que compartió con Nelson Cárdenas, mostraba imágenes menos crudas pero igualmente desconcertantes : retratos que no sólo mostraban cuerpos sino, a través de fotomontajes, elementos importantes de la sicología de los personajes retratados, entre los que se incluía el fotógrafo. “No he abandonado la fotografía de paisajes” afirma, “ pero he descubierto que cuando uno regresa a un lugar que ha fotografiado, encuentra que no ha cambiado mucho. En cambio en el retrato se cumple la función preservadora del fotógrafo, porque la gente cambia. Físicamente y sicológicamente el personaje retratado deja de existir en pocos meses. Pero el retrato sigue ahí. Eterno. También por eso fotografío a mis amigos.”
En las sesiones de fotografía, realizadas sólo algunas semanas antes de la exposición, dieciseis de los amigos de Leonardo se desnudaron y se pusieron una jaula en la cabeza frente a una vieja pared descascarada. “Dicen que parece una finca” comenta “pero es la pared de mi cuarto”. Carreño afirma que por mucho tiempo intentó encontrar un fondo que tuviera la textura precisa para servir de contraste a sus desnudos, algo que se hace evidente en sus trabajos anteriores, y que sólo hace un par de meses se dio cuenta que el fondo ideal era el bareque que se escondía tras el pañete de las paredes de su casa en el Paseo España. Espátula en mano, Leonardo peló toda una pared de su cuarto. Esa es la locación de sus retratos. No es la primera vez que “interviene” (para utilizar la palabra ‘post') en su casa, hace dos años manchó de rojo las paredes de su patio para crear el sangriento baño de la última escena de su cortometraje “La historia de Elizabeth Bathory”. En su casa tiene sus equipos y su cuarto oscuro. No cede nada a nadie en sus proyectos, acepta pocas sugerencias y tiene en claro que en su próximas películas será él quien maneje la cámara.
Esa formación de director de cine también se nota en sus sesiones de fotografía. “Quítese la ropa. Párese. Gire. Así no. Otra vez” Carreño no deja respirar a sus modelos y es esa exigencia tiránica la que le permite lograr ese estilo tan definido en su trabajos. “Es el artista, no el modelo” insiste, antes de aclarar que de todas maneras en su siguiente cortometraje “El árbol que usaba sombrero” (que aspira financiar a través del original recurso de una subasta de solteros) se desquitará mostrando paisajes, algo que de cierta manera ya había insinuado en “Sigilofonía : Retrato de una mariposa”, otro de sus trabajos en cine donde había mezclado desnudos en blanco y negro muy próximos a su trabajo fotográfico, escenarios naturales de la Mesa de Los Santos y animación digital, un campo que le interesa especialmente a partir de la obra animada del director Tim Burton.
Burton es su cineasta más admirado. En fotografía menciona a Jean Loup Sieff, a Leo Matiz y a Jan Saudek y, como retratista, a Hernán Díaz. En cambio descree de Ruven Afanador. “Tiene demasiados asistentes” dice “ y aunque ha hecho muy buenas fotografías es casi una empresa”. En su cuarto de pared descascarada escucha a The Doors y Tom Waits y lee de todo. Pero su artista más admirado, de eso pueden dar fe los que lo conocen, lleva su mismo apellido: Rubén Carreño.

Leonardo no habla mucho de su padre, que murió hace dos años, pero se nota que es a él, también pintor y fotógrafo, a quien siente que le debe todo. No por nada, sus amigos, que no sólo lo visitan para posar, siempre ven a la mano el ejemplar de “Pensamientos de un viejo”, obra de Fernando González, que de alguna manera representa un vínculo de unión entre los dos Carreños. Genéticamente Leonardo Carreño, tampoco tenía otra opción, pues cuando llega corriendo a la inauguración de su exposición es su madre, Alma Luz Monsalve, también pintora y directora de Espacios Alternos, quien lo presenta. Leonardo se para frente al micrófono. Al momento de hablar, agradece a los organizadores y asistentes. Nada más. A diferencia de los artistas conceptuales, deja que el público mire sin condicionarlo con discursos vacíos y eso está claro en la brevísima ficha de su obra. Luego se mezcla con la gente y trata de escuchar opiniones sin que lo noten.

 

Pero lo notan porque tiene un sombrero negro. Tampoco le creí la primera vez que me dijo que se lo había regalado un tipo que se parecía al diablo y lo imaginé comprándolo en una venta de ropa usada en Chapinero en un día cualquiera de los duros meses que Carreño pasó en Bogotá,pero un día, Luz Deiny Cely, una de sus amigas más cercanas, me habló del vendedor. “Se llama Atlay, vende cachivaches en el mercado de las pulgas. Definitivamente tiene algo de maligno”. Y en eso pienso mientras veo el sombrero. Luego miro la secuencia de sus fotos con jaula en la cabeza. 32 en total.

Si pudiera verlas, recorrer la secuencia con la mirada, en exactamente 1.33 segundos, estaría viendo una película. A Leonardo Carreño, así sea cuadro a cuadro, se le nota lo cineasta.

 

 

 
 
 
 
 
 
 
* Ibagué, 1978. Estudiante de Ingeniería Electrónica de la UIS. En 1999 obtuvo primer lugar del Concurso Metropolitano de Cuento de Bucaramanga y como parte del premio se publicó su libro de cuentos “Noche de Quema”. En el 2001 obtuvo Segundo y sexto lugar en el Concurso Nacional de Cuento “Ciudad de Barrancabermeja. Publicó su novela “Licantropía” y actualmente es profesor en el área de literatura del Colegio Caldas”
 

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